En las casas, en los edificios, en las calles. En los hospitales y en las comisarías. En las estaciones de servicios y en los supermercados. En todos los rincones del país se gritaron los goles de Argentina contra México como si fuera una final. Y si no te quedaste sin voz cuando Messi la clavó al costado del palo o si no golpeaste el piso o el sillón en el primer tiempo, definitivamente no sos argentino.
La selección de Scaloni dio una muestra de carácter en un partido sumamente cerrado y complicado. Casi no generó situaciones de peligro en el primer tiempo. De Paul parecía un mediocampista de una liga amateur. Y Messi el «10» de República Dominicana (con perdón de República Dominicana). Apenas hubo algo de Acuña. O un poco -o muy poco- de Dí María. Nada más.
Pero todo cambió en la segunda parte cuando el mejor de los nuestros metió el 1 a 0 y el equipo entonces empezó a jugar como antes del Mundial. Los cambios del DT también ayudaron. Porque Enzo Fernández y Julián Alvarez aportaron frescura, pero muchísimo menos nerviosismo que el resto de los jugadores.
Hasta el gol se notaba la tensión. Y hasta el Dibu Martínez, cuando la historia estaba terminada, confesó que antes del partido había hablado con su psicólogo para manejar las ansiedades y las presiones de saber que estaba representando a un país de 45 millones de habitantes.
Cuando llegó el segundo de Enzo Fernández, con una pincelada maradoniana, recuperamos la tranquilidad. Ya no hubo que hacer tantos cuernitos ni besar el rosario. Argentina ganó. Con sufrimiento, pero con mucho huevo. Y seguimos vivos y disfrutando del Mundial.











